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Amor a la mexicana: un recorrido por la casa azul de Frida y Diego

 
2017 - jul - 28
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Viajes
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Esta casona sigue siendo unos de los puntos más visitados de su país y el corazón que alberga una mezcla perfecta de arte, arquitectura, y una dosis de la vida cotidiana de la artista mexicana.

 
 
 
 

"Pies para qué los quiero si tengo alas pa’ volar” se puede leer en uno de los muros de la Casa Azul, donde nació y murió nada menos que Frida Kahlo, quien se ha convertido en mucho más que una vieja casona. Grupo Edisur te invita a conocer más sobre esta propiedad que cumplirá 60 años como museo en 2018.

Un poco de historia

Ubicada en la calle Londres 247, de la Colonia Coyoacán, esta casa fue adquirida por Guillermo Kahlo, padre de Frida, en 1904. Su estilo siguió los patrones de la época: el patio central y las habitaciones rodeándolo, con una fachada afrancesada y de color blanco.

Años después, Frida junto con su gran amor Diego Rivera le cambiaron la cara. Allí fue cuando la pintaron de azul para espantar a los malos espíritus, como dicen algunos, y le dieron un aire “popular”.

 

Por este hogar pasaron figuras destacadas como León Trotsky, Juan O'Gorman, Carlos Pellicer, José Clemente Orozco, Isamu Noguchi, Nickolas Muray y Sergei Eisenstein; y es que la pareja amaba recibir a amigos y disfrutar de reuniones intensas.

Tras la muerte de la artista en 1954, Rivera donó la vivienda y se transformó en museo en 1958.

 

La inmortalización de la estética mexicana

Esta casa-museo refleja desde la entrada el gusto que tenían tanto Frida como Rivera por la cultura local, y esto se puede ver en los ambientes, que conservan las estructuras originales, como también en las 10 salas de exposición (cinco permanentes con la obra de Frida, y cinco más para exposiciones temporales).

En la parte construida de 800 metros cuadrados se puede apreciar la cocina, de construcción mexicana antigua y de colores vivos, con ollas de barro colgadas en paredes y las cazuelas sobre el fogón, que muestran el arraigo popular.

La habitación de Frida cuenta con la vieja cama que usó la pintora, incluso aún está el espejo que hizo colocar en el techo la madre de Frida tras el accidente que la dejó postrada por meses, cuando se especializó en el autorretrato. Además, en el tocador reposan sus restos a manera de altar.

El estudio que Rivera le mandó a construir a Juan O’Gorman para su esposa y donde están el caballete que le regaló Nelson Rockefeller, sus pinceles y sus libros, es otro de los espacios más emblemáticos. En este lugar, se utilizaron materiales típicos, como la piedra volcánica. Además, se emplearon plafones con mosaicos y se llenaron las paredes de caracoles de mar y jarros empotrados con la boca al frente, de manera que pudieran servir de palomares.

Tanto en el interior como en el jardín, de más de mil metros cuadrados, se atesoran las piezas de decoración de estilo prehispánico, adoración de Rivera.

El ícono del universo Frida

Cada año, más de 200 mil personas visitan esta casa-museo, lo que la convierte en una de las atracciones más requeridas de su país. Y es que su gran valor crece de manera exponencial junto a la figura de la pintora Frida Kahlo, quien ha traspasado límites geográficos con su obra y se ha transformado, en los últimos años, en un ícono de moda y también del feminismo.

La Frida-manía comenzó, fuera de México, allá por los '80 con la biografía de Hayden Herrera, quien acercó aspectos de la vida de la artista a miles de personas, y fueron ellos quienes descubrieron cómo esta mujer había roto cánones de la época con su indumentaria, con sus pinturas, su aspecto, sus tragedias y su talento.

Hoy esta atmósfera e intimidad sobreviven en la Casa Azul, donde nació la leyenda eterna de esta gigante artista latinoamericana.

 
 
 

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Fuente: la voz.com.ar