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Sábado 18 de Noviembre de 2017 10:46
 
 
 
 
 

Laberinto hacia el sol

 
2017 - ago - 24
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Psicología
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Por Licenciada en Psicología, Lucía Príncipi.

 
 
 
 

De pronto todo se volvió oscuro, sentí como si alguien me hubiera colocado en un laberinto tenebroso, aparentemente sin salida. Tenía la convicción que en verdad iba a poder salir de ahí, me confiaba por un camino creyendo que la salida era por ese lugar pero me encontraba con un muro.

Por acá no es, pensaba.

Retomaba la búsqueda y cuando creía que iba a salir aparecía otro muro, mucho más alto que el anterior. Así estuve mucho, mucho tiempo, sin saber hacia dónde ir. Empece a sentirme mal, a asustarme, la tristeza se iba apoderando y comencé pensar que tal vez de ahí realmente nunca saldría.

¿Cómo hago para acostumbrarme a esta oscuridad?

¿Cómo era yo cuando había luz?

Los recuerdos de cómo era antes y cómo estaba en ese momento no tenían nada que ver. Me recordaba como una persona alegre, divertida, con

mucha energía, con ganas y disfrute, con dedicación y radiante como el sol, positiva y llena de amor sincero. En ese laberinto me sentía horrible, encerrada, vacía, sucia por dentro y por fuera, triste, desesperanzada, inútil, con mucho miedo y enojo. “Como el agua y el aceite”, diría alguien por ahí.

Lloré mucho, notaba como el miedo recorría mi cuerpo y sentí como poco a poco me iba convirtiendo en estatua, mi cuerpo se ponía cada vez más rígido y mi pecho se cerraba. Las piernas temblaban, la garganta se llenaba de nudos. Quería gritar, pedir socorro, que alguien me viniera a ayudar, que me saquen de ese laberinto en el que algo, alguien (o tal vez, yo misma) me había metido, pero la voz no salía. Sentía frío y mucha, mucha, pero mucha soledad.

¿Y ahora qué?

¿Cómo salgo de esto?

Necesitaba salir pronto de ese laberinto y de esa postura rígida que había empezado a tomar.

¿Qué hago?

¿Cómo hago?

Lentamente empezaba a desesperarme, el tiempo pasaba y yo seguía en ese mismo laberinto. Hecha piedra, inmóvil. No podía ni siquiera llorar, ni siquiera gritar.

Estaba sola.

Con el tiempo, empecé a pensar que para poder salir del túnel del miedo tenía primero que poder caminar. Asique comencé a dedicarme a enviar la

orden a los pies para que, uno a la vez, empiecen a moverse.

De esto se sale, empecé a decirme.

De esto se tiene que salir.

La vida es más que estar en este laberinto.

Quiero volver a reír, disfrutar Del Mar, sentir tranquilidad.

Lentamente los pies empezaron a andar, paso a paso, de a poquito volvieron a recuperarse. Con el pecho hecho una roca volví a mi objetivo: encontrar la salida.

Probé mil caminos más y ninguno iba a la salida. Sentía que conocía el túnel de memoria pero no me podía dar cuenta por dónde estaría el final.

¡AYUDA!

¡AUXILIO!

¡ME AHOGO!

Creía que gritaba pero nadie me escuchaba.

Un ruido pareció venir de afuera del túnel: -Respirá y soltá, va a llegar la respuesta, decía la voz.

¿Qué me estaría queriendo decir? Seguí caminando por esa prisión, me encontré con gente en la misma situación que yo. Juntos nos empezamos a apoyar, nos dimos aliento y motivación.

Ese horrible laberinto en el que estaba metida me llevó a un lugar muy introspectivo:

¿Quién soy?

¿Qué hago acá?

¿Por qué tuve que llegar a este túnel? ¿Hasta cuándo voy a estar acá? ¿Por dónde pasa el amor? ¿Cómo era vivir? ¿En qué momento pongo los límites? Y más, más y más preguntas.

Seguí caminando, por momentos sin fuerza, empecé a escuchar que afuera del laberinto había voces, me animé y sin saber cómo mi voz salió:

¡¡¡ AYUDAAAAA!!!

Las voces escucharon y me acompañaron un buen tramo desde su lugar, empecé a ver que al final del laberinto había luz. Una cuota de esperanza

volvió a aparecer.

Empecé a reencontrarme.

Me volví a gustar.

Me pedí perdón por el maltrato propio y por haberme dejado maltratar.

Me prometí nunca más permitir que nada de esto pase.

Me juré haber aprendido.

Me dí cuenta que empecé a caminar con pasos más fuertes y que mi pecho empezaba a descontracturarse. Pude volver a llorar y descargar la impotencia que sentía.

Me propuse escucharme y me di cuenta que mí eje es el DISFRUTE.

Si no hay disfrute no hay amor (propio y al otro).

Me propuse trabajar para nunca más moverme de mí eje, que nunca más nadie ni nada pueda moverme de mi centro.

La luz cada vez estaba más cerca y del techo del laberinto empezó a caer algo, como un brillo que se me pegaba en la piel: era mi energía, me

envolvía, iba volviendo toda a mí, me devolvía la sonrisa y el brillo en los ojos.

SÍ, PUEDO.

DE ESTA SALGO.

VOY...

VOY…

VOOOOOOOOY…

Y PUDE SALIR.

Me encontré con personas que amo, que me aman. Me dijeron que estuve mucho tiempo metida en ese laberinto. Me abrazaron, me dieron la mano, me siguieron devolviendo mis ganas de disfrutar.

Ahora que estoy afuera veo lo duro y difícil que fue, lo mal que estaba ahí adentro y lo bien que me hizo poder encontrar la salida. Quise rendirme, pero algo en mí no me lo permitió, porque soy luchadora, porque me quiero, pero me quiero bien.

Y a pesar de haber pasado por esa experiencia oscura, sé que aprendí mucho y que con el paso de los días el brillo empieza a ser más grande y la valoración de mí misma crece también.

Porque toda crisis es una oportunidad para crecer, para reconocerse, para aprender y para superarse.

Porque todo lo que permití y tan mal me hizo nunca mas voy a dejar que suceda.

Porque mi alma es alegre y llena de amor para dar y para recibir; porque en la vida hay que divertirse y reírse mucho.

PORQUE ESE LABERINTO FUE UN PASO PARA LLEGAR AL SOL, PORQUE YO SOY YO.

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Más de Lucía Príncipi, en http://www.yoando.net/