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Psicología
 

Ataques de pánico

 
2019 - mar - 05
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Taquicardia, disnea, sensación de muerte, arritmia, opresión en el pecho, temblores, mareos y miedo a enloquecer. He ahí la sintomatología de lo que voy a denominar como lo que es: crisis de angustia.

Éste último estado hoy aparece desfigurado por motivos comerciales con el nombre de “ataque de pánico”. Esta terminología fue lanzada al mercado –vía la OMS- a expensas de los laboratorios psicofarmacológicos para favorecer la venta ‘la píldora de la felicidad’, o también conocido como el antidepresivo ‘Prozac’ en U.S.A. Y fue a partir de allí que el ataque de pánico pasó a ser considerado como un fenómeno epidemiológico incluido dentro de las enfermedades modernas –como los trastornos de ansiedad- que avalan y exigen una respuesta de la farmacología.

Pero hablar de ataque de pánico, en realidad es hablar de la crisis de angustia trabajado por y desde el psicoanálisis.

 

 

Éste fenómeno es espontáneo y disruptivo, en tanto que simplemente se presenta.

Pero ahora, los momentos en los cuales una persona lo vivencia no son casuales, debido a que independientemente que se encuentre atravesando por una situación crítica o no, va a tener un sentido. Pero será un sentido con el cual se podrá dar posterior a la crisis, ya que en el instante en el que ésta se produce hay una imposibilidad de asociar el acontecimiento con alguna idea, ya que aparentemente carece de explicación lógica.

De allí que las crisis de angustia escapan totalmente del campo de la medicina, en tanto que si uno se realiza ciertos estudios como tomografías, electrocardiogramas o una medición de la tensión arterial durante o post-crisis, no va a encontrar ninguna disfuncionalidad.

 

Pero entonces, ¿Cómo se explica?

Se explica a partir de entender a la angustia como un afecto y como una energía que se encuentra presente y que circula en el aparato psíquico. Y en tanto dicha energía se encuentre libre, es decir, sin estar ligada a nada, puede causar estragos.

Es por eso que en el momento mismo de la crisis hay una sobrecarga de energía en el aparato, una cantidad inadmisible que lo desestructura en su totalidad. Puede pensarse en este punto que hay una falla generalizada de los mecanismos que permiten tramitar los excesos.

Pero la solución a esto es sencilla: descargar la energía. Esto debe hacerse de la forma más rápida posible, y la vía más adecuada para ello es la distribución por lo largo y por lo ancho del cuerpo.

En este punto uno podría preguntarse “¿¡Y, pero como se cuándo estoy angustiado?!”. Cito a Lacan para responder a esta pregunta: la angustia es el único afecto que no engaña. Uno puede dudar de estar enamorado, uno puede dudar de amar u odiar, pero de lo que nunca puede dudar es de estar angustiado, ¿Por qué? por los efectos directos que ésta tiene al cuerpo.

 

El sentido de las crisis de angustia

Los peleadores profesionales tienen la capacidad observar con detenimiento hacia dónde se dirige el golpe de su contrincante, para de esa forma endurecer todos los músculos de esa zona y que el impacto genere el menor daño posible. 

Cito este ejemplo para intentar transmitir que la tensión del músculo previa a recibir un golpe, vendría a ser lo que es la angustia para el aparato psíquico: es un estado de preparación que el sujeto asume ante el peligro, aunque éste último sea desconocido.

Pero ahora, en estos casos, ¿de qué peligro habría que protegerse?

Habría que protegerse de algo que exige ser reconocido, y que, de reconocerlo, acarrearía una gran cantidad de displacer para el sujeto. Pero vale aclarar que el cuerpo –en realidad, el aparato psíquico- no va a dejar de enviar mensajes hasta lograr su cometido.

 

Un caso clínico

Una mujer de 23 años, a la cual llamaré como T., se encontraba presa de una relación violenta, llena de limitaciones y de controles permanentes. T. prefería hacer como si fuese que “nada pasaba”, manteniendo los maltratos en silencio y pensando que las cosas en algún tiempo futuro iban a cambiar.

La relación con sus respectivos agravios avanzaba, y la desmentida de lo que verdaderamente era la relación, también.

Como ella se veía impotente de hacer algo por sí misma, su propio cuerpo comenzó a hacerlo de manera progresiva: insomnio, fatiga, erupciones en la piel, pérdida de cabello, dolores de cabeza, diarreas, vómitos, entre otros. T. pensaba que esto simplemente se debía a ‘las defensas bajas’.

Pero un día ‘cualquiera’ T. se levantó a las 4 de la madrugada con una opresión en el pecho. Refería estar sufriendo un infarto. Sentía que le faltaba el aire y no que podía mantener el equilibrio. No asociaba absolutamente ninguna idea a lo que le estaba sucediendo. Fue llevada a la sala de urgencias para que los médicos le digan que no tenía nada orgánico. Éstos mismos fueron los que le recomendaron empezar algún tipo de terapia.

Fue a partir de comenzar un tratamiento psicológico que T. pudo dar con aquello que exigía reconocimiento: estaba siendo víctima de abusos sucesivos.

Gracias a esto fue que T. pudo separarse. Y en esta misma decisión de separación se observa un cambio de posición: pasó de vivir en forma pasiva, en tanto que simplemente recibía malos tratos, a vivir en forma activa para comenzar a hacer algo con todo aquello que le sucedía.

 

¿Tratamiento?

 No existe un tratamiento universal o una cura válida para todos. Sería ridículo si escribiese los ‘pasos a seguir’ para evitar dichas crisis o ‘los motivos que la desencadenan’, debido a que una crisis de angustia y sus respectivos motivos, tienen que ver con la historia individual y personal de cada uno.

Pero si existen diferentes caminos para lidiar con ella, y uno de ellos es la vía del análisis, del tratamiento psicoanalítico. Si bien en este espacio las respuestas no van a estar servidas, al menos va a ser un lugar en donde uno puede reconocer sus limitaciones y el punto hasta dónde puede llegar.

Es por ello que estas crisis de angustia deben ser leídas como un aviso y deben ser escuchadas como un llamado que el cuerpo hace, un llamado al cual uno debe responder y del cual debe ocuparse.

Solo puedo recomendar que aquellas personas que padecen dichas crisis tengan el apoyo de sus familiares y amigos, porque es en la dimensión de un abrazo, en la del contacto corporal y en la escucha de palabras contenedoras que uno puede encontrar un grupo que le permita resguardarse de lo peor y a partir del cual puede restablecer los límites de un cuerpo desbordado.

 

 

Lic. en Psicología Rodrigo Villalba.