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Jueves 23 de Mayo de 2019 10:04
 
 
 
 
Psicología
 

El diagnóstico en la infancia

 
2019 - feb - 26
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Cuando los padres consultan por ciertas conductas que consideran problemáticas en sus hijos, habitualmente buscan en primer lugar un diagnóstico. Es decir, buscan un nombre, buscan cuadro, buscan a alguien que les diga lo que su hijo “es”: ¿es autista?, ¿es hiperkinetico?, ¿es desatento?, ¿es asperger?, ¿tiene TGD?, etc.

Pero otorgarle un diagnostico a un niño, puede ser algo peligroso. Esto podría implicar incluirlo dentro de la fijeza de un cuadro psicopatológico, lo cual le otorgaría un sentido al Ser del niño y lo cosificaría dentro del mismo.

 

En el acto mismo de diagnosticar, uno podría estar otorgándole a un niño una etiqueta lapidaria, una etiqueta que podría determinar todas sus conductas, debido a que éstas deben cuadrar y estar acorde con la descripción del cuadro diagnóstico.

Sucede que hay niños que son diagnosticados de autismo, y los padres automáticamente comienzan a tratarlo como tal. Como según Google el niño autista no se comunica, no entiende lo que sucede a su alrededor ‘porque vive en su mundo’, los padres dejan de hablarle, comienzan a bañarlo y a alimentarlo ‘porque los autistas no pueden hacerlo solos’, dejan de abrazarlo por miedo a que eso desencadene una crisis, entre otras atrocidades.

De igual modo sucede con los niños que no dejan de moverse y son diagnosticados de hiperkinesia. A mi criterio, es mucho más preocupante el niño que está sentado en su silla sin demandar absolutamente nada, que un niño que no puede quedarse quieto por el simple hecho de querer jugar. Pero la solución rápida para paliar a la hiperkinesia es la farmacología. De allí que aparecen niños (¿o pequeños zombies?) de 4 o 5 años medicados con ansiolíticos.

Entonces, diagnosticar a un niño puede acarrear lo peor: no esperar nada nuevo de él. Y es en estos casos en donde el nombre del niño es remplazado por su patología diagnóstica, y en donde el diagnóstico en sí, trazó un destino para el niño. Va a ser lo que el diagnóstico diga, y no otra cosa.

En todo este enredo no hay que dejar de lado al lugar que tienen los padres en la constitución de un niño, debido a que éste está atento a la realidad psíquica de todos los otros que lo rodean, y de allí que va tomando fragmentos, retazos e historias que las elabora del modo en el que puede. Es por esto es que a mi parecer es imposible pensar el diagnóstico de un niño sin tener en cuenta a sus padres y a sus respectivas estructuras psíquicas.

Pero ahora, con todo lo anteriormente mencionado, no pretendo dar a entender que “nunca hay que diagnosticar en la infancia”, al contrario, diagnosticar es algo ético, es algo necesario para direccionar la cura. Y es por esto mismo que uno debe preguntarse cuáles son los fines y los motivos por los cuales uno diagnostica, ya que es muy distinto diagnosticar a un niño para poder detectar ciertas patologías o dificultades tempranas en su desarrollo, que hacerlo para colgarle un cartel o marcarlo con el sello de un trastorno inmodificable.

Por ello, antes de diagnosticar a un niño, es necesario detenerse a pensar y reconocer que sus manifestaciones son causa de múltiples conflictos y determinaciones, en las cuales principalmente las figuras que lo rodean, están incluidos.

 

Lic. en Psicología Rodrigo Villaba