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Sábado 21 de Octubre de 2017 00:07
 
 
 
 
 

El precio de la falta de capacidad

 
2017 - jul - 12
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Fragmentos de Amor y Odio
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Por Veirónica.

 
 
 
 

Hace 40 años que Rubén no hace lagartijas, pero se puso boca abajo y se apoyó sobre sus brazos separados. Sus brazos tiemblan a pesar de que hace fuerza con la pelvis y las piernas. Se distrae un momento recordando que no le costaba hacer las flexiones en la colimba.

Maia se dió cuenta de su cansancio y se puso arriba. Él se sintió agradecido en silencio y la dejó hacer. Sus ojos se perdieron en los senos redondos y firmes de ella mientras agarraba sus glúteos transpirados. La energía de la joven y el tono de sus músculos lo hicieron felicitarse por tanto dinero invertido en todas las horas de gimnasio que la mantenían ocupada y hermosa. La joven no tenía miedo de tomar la iniciativa, por eso Rubén disfrutaba mucho a pesar de su falta de energía.

Aunque comenzó a sentir que su rostro se ponía colorado y caliente. Le empezó a faltar un poco el aire. Tal vez deberían haber prendido el aire acondicionado, pensó Rubén, pero no era oportuno plantearlo en ese momento. La sensación de asfixia y el ritmo que su amante estaban logrando acercarlo al orgasmo. Le gustaba ver cómo rebotaban sus senos y de a ratos intentaba morderlos, pero ella lo empujaba hacia abajo.

 

De pronto, sintió un calambre en la espalda. Cuando se lo iba a decir a Maia, ella le cerró la boca en un beso abierto. Invadió la boca de Rubén con su lengua. Presionó los labios sobre los de él con fuerza y movió sus caderas más rápido y con más fuerza.

Lo miró en detalle, para verificar si su piel empalidecía. Lo sintió envararse entre sus piernas y supo que ya faltaba poco. Insistió en el beso rígido y amplio y aceleró sus movimientos hasta que lo sintió aflojarse totalmente. En ese momento, soltó un suspiro sonoro y descansó. Le llevó tiempo recuperar la respiración. Le tomó más esfuerzo de lo previsto acabar con él.

Cuando se sintió recuperada, puso los dedos sobre el cuello de su víctima, corroboró que no tenía pulso y se fue a dar una ducha.

Antes de entrar al baño se dió cuenta de que esa indiferencia, sin dudas, sería sospechosa. Volvió a la habitación y verificó el pulso otra vez... Fue a buscar el teléfono para llamar al médico de cabecera de la familia. Se sentó en el sillón frente al televisor y recordó la vez que la peluquera le tiñó el cabello de color caramelo para sonar triste y marcó el número.

Esperó unos segundos y una mano se apoyó en su hombro derecho. Saltó por el susto y se dio vuelta gritando.

- Amor, me parece que me dio un infarto- le dijo Rubén.

 
 
 

VeIRÓNICA

veironica.veironica@gmail.com

Humor, amor y horror