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Martes 19 de Junio de 2018 12:59
 
 
 
 

Febrero en ojotas

 
2017 - feb - 15
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Asuntos Generales
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Texto: Antonella Ramírez. Fotos: Claudio Fleitas.

 
 
 
Fotografía: Claudio Fleitas
 

El sol rozaba de cerca la avenida y el calor se notaba en mi frente. Era una siesta de febrero de aquellas que abandona la ciudad casi por completo.

Me estaba yendo a comprar cigarrillos con mi short de jean favorito, y las ojotas prestadas de mi hermana, en el momento que escuché el golpe. Todo sucedió tan de prisa que mi mente recién pudo entenderlo minutos más tarde. La última imagen que recuerdo era la camioneta roja, el freno y la sangre, después apenas pude reconocer mis manos por aquellas pulseras regaladas en Navidad que se movían con el ritmo agitado de mi pecho mientras corría lo más rápido que podía con aquel cuerpo entre mis brazos.

La ambulancia tardó mucho en venir. No sobrevive, eran palabras que hacían eco en el exterior.

La sala de urgencias estaba vacía y el olor nauseabundo a hospital me inundaba la nariz. Era una sala enorme, de color blanco con bancos de madera y ningún enfermero que se asomara, ni siquiera para preguntar cómo estaba.

Me hice responsable, me quede allí sentada como si fuera un familiar mío, no tanto como un hermano, pero sí algún que otro tío. Esa era la gravedad del asunto, ni siquiera sabía su nombre, pero estuve ahí alrededor de nueve horas.

Mi reloj pulsera se detuvo a eso de las seis de la tarde, así que perdí la total noción del tiempo. La espera me estaba generando una ansiedad terrible y no había ni una revista, ni tampoco algunas de esas viejas charlatanas que aunque sea del clima o de su nieto me iban a hablar; estaba yo y aquel salón vacío.

Con el correr de los minutos (que ni siquiera tengo idea cuántos habrán pasado), de repente la sala se llenó de gente. Estaba repleta de personas que se encontraban tan cómodamente instaladas como si siempre hubieran estado allí. Me acerqué de prisa a la enfermera que ni siquiera me dirigió la mirada, y salió corriendo a buscar una camilla.

-"Una mujer muerta por accidente de tránsito", decía. -"Parece que el conductor estaba muy ocupado discutiendo con su mujer por teléfono que se la llevó por delante, y mirá vos lo que tuvo que pagar la pobre mina".

La imagen se me fue desenfocando como una fotografía tomada por un niño, los murmullos se hicieron silencio y la camilla de metal con la sábana sobre el cuerpo interrumpieron la escena.

Ya no era vivo, ya no existía. No formaba parte del hoy. Tenía unos shorts de jean y unas ojotas veraniegas de febrero, como las que se usan acá, en el norte.